En 1998, un operario llamado Barry Clay protagonizó un hallazgo inusual mientras operaba maquinaria pesada en las cercanías de Ruby, Alaska. Durante sus labores habituales de remoción de sedimentos cerca del río Yukón, la pala de su tractor impactó contra un objeto de gran densidad. Al inspeccionar el terreno, descubrió una pieza de oro nativo incrustada en cuarzo que alcanzó un peso de 9,15 kilogramos, equivalente a 294,1 onzas troy. Este descubrimiento fue documentado formalmente por la División de Estudios Geológicos y Geofísicos de Alaska debido a sus dimensiones extraordinarias. Posteriormente, el trabajador logró comercializar el hallazgo por un valor cercano a los 750.000 dólares, convirtiendo una jornada laboral rutinaria en un evento de relevancia geológica y económica.
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